domingo, 3 de mayo de 2009

De como era yo cuando tenía cuerpo.



El cerebro es una parte esencial en el cuerpo de una persona. En el organo gris almacenamos gran parte de lo que somos, tenemos nuestros recuerdos, nuestra personalidad, nuestros pensamientos, nuestros conocimientos. Perder el cerebro significó perder gran parte de mis conocimientos. Significó perder mis pensamientos. Perder mi personalidad. Mis recuerdos. Lo que yo era.


Aunque no me creais, antes de perder mi cuerpo, era una persona con una gran fortaleza física y mental. Respecto a la fortaleza física, tenía un cuerpo que respondía perfectamente a todo lo que yo le pedía. Era fuerte, atlético, agil. Me permitía saltar, correr, luchar. Por supuesto que había gente con un cuerpo mejor que el mio, pero yo tenía dos ventajas con respecto a ellos. La primera de ellas es que yo dedicaba a cuidar mi cuerpo como un templo. La segunda, es que yo era consciente de que mi cuerpo no era nada sin mi fortaleza mental.


Mi fortaleza mental no venía dada por que fuera muy listo, o muy inteligente, sino por la gran cantidad de conocimientos que tenía. Los conocimientos no son únicamente recordar cual es el río más grande de España, recordar la lista de los reyes godos, o cual es la formula para hallar la hipotenusa. El conocimiento es experiencia. La experiencia de lo que hemos aprendido leyendo, de lo que hemos visto, de las personas que nos han contado algo, de las veces que hemos amado. Por desgracia, la mayoría de la gente no lee, prefieren ver una foto de un amanecer antes que ponerse el despertador, la gente que les cuenta algo tan solo son "comeorejas", las personas a las que han amado se quedan como "prefiero no acordarme de ese".


Eso me permitía ser un guerrero perfecto. Tenía una gran fortaleza, como dije al principio. Podía llevar a cabo un combate con cualquier dragón, que sabía que iba a salir victorioso. Mi cuerpo me permitiría luchar mientras mi mente me permitiría aguantar el combate. Nunca salí perdedor de ninguno de mis lances. Y a la mayoría de los dragones que derrotaba, le condecía (como pidió Azaña), las tres P: Paz. Piedad. Perdón.


Hasta que llegó el último combate. Un combate del que ni siquiera me di cuenta que estaba librando, y en el que perdí mi cuerpo. Pero ese combate es otra historia.


Foto: San Jorge luchando contra el Dragón. Prestada por un amigo mio, llamado Rafael.

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